domingo, 17 de agosto de 2014

061

Un hormigueo que se extiende,
En cada fibra de un músculo dormido,
La sangre ya no bombea
Y una parte de ti se adentra en lo desconocido.

La insensibilidad te hace caer al vacío,
¡Despierta! Te dices a ti mismo.
Pero el miedo te envenena
Y lentamente emponzoña tus venas.

No perdiste el brazo ni la pierna,
Ni tan siquiera la cabeza.
Es en el pecho donde se congela la punzada,
Un extraño palpito que se ralentiza y se calma.

Hasta que al final el dolor se diluye
Y te sumerges en la inmensidad de la nada.




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